¿Los Kirchner son liberales? Por Julio Burdman Definitivamente no lo son en los términos del “liberalismo de mercado” con el que habitualmente asociamos a los liberales en nuestro país. Es decir, con los partidarios del librecomercio, el achicamiento del estado y la defensa irrestricta de la propiedad privada, que suelen identificarse con los gobernantes conservadores occidentales. Y tampoco son liberales políticos en los términos del “liberalismo institucionalista” que brega por el gobierno limitado, el Estado constitucional de Derecho, la estricta separación de los poderes y el derecho individual a la propiedad. Estos últimos, en la jerga política argentina reciente, suelen autodenominarse “republicanos”. Los Kirchner no están totalmente en contra de las ideas y valores previos, pero mantienen con ellos tensiones evidentes, sobre todo en el campo económico. Creen que el comercio, las relaciones laborales y los precios, entre otros componentes de la economía, deben ser regulados y orientados, que el Estado debe crecer para articular la distribución del ingreso, y que la propiedad privada debe ser un derecho garantizado pero no un valor absoluto. En lo político, aceptan la vigencia de las instituciones legítimas pero también creen que hay valores superiores, de interés público, que pueden llevarnos a un cuestionamiento e interpretación flexible de las mismas. Siguen, en suma, la tradición intervencionista y democráticopopulista del peronismo. Sin embargo, en temas sociales y culturales, que son habitualmente marginados por el análisis político y económico pero que tienen mucha importancia para el hombre común, han demostrado ser bastante liberales, de acuerdo a la acepción internacional del término. En todas las polémicas vinculadas con agendas centrales del liberalismo como los derechos humanos, la separación de la Iglesia del Estado, la defensa de la democracia o los derechos civiles de las minorías, los Kirchner en general se ubicaron del lado de la opción liberal. Sobran ejemplos en estos siete años de gobierno. Se opusieron a la represión de las protestas sociales, criticaron institucionalmente a las fuerzas de seguridad y, con excepción del impasse blumberista, defendieron las posiciones penales garantistas, incluida la despenalización del consumo de drogas. Dieron gran espacio a las organizaciones de derechos humanos, las políticas antidiscriminatorias, los pueblos marginados y, ahora, el matrimonio entre personas del mismo sexo. En tiempos de militarismo regional, continuaron con la desmilitarización vigente desde 1983 a la fecha. Apoyaron a la justicia en la causa AMIA y condenaron al terrorismo internacional iraní, aunque es cierto que, en algunos casos de política internacional, el compromiso con la democracia y los derechos humanos pudo ser mayor. Pero el peso de lo anterior marca una tendencia. COMPARACIONES En estos aspectos, hay una diferencia clara entre el gobierno de los Kirchner y los de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, con los que habitualmente se lo compara en la discusión política. Y no solo porque poco se parezca el programa del kirchnerismo a la socialización económica de Chávez o el populismo político radical de Morales: en muchos temas de la agenda social liberal, los populistas andinos marchan en la dirección contraria. En general han buscado la cooptación de las fuerzas militares y de seguridad, no su restricción, apoyan a Irán y en temas familiares, se mantienen cerca de la Iglesia. Ecuador y Bolivia, en sus constituciones recientemente reformadas, introdujeron definiciones heterosexuales de familia, pero no por el lobby católico sino de las comunidades quechua y aymará, que son socialmente conservadoras. Aquí hay, además, sociedades diferentes. En el caso del matrimonio igualitario, se trata de un debate que se ha dado en algunos de los países más avanzados del mundo, que constituyen una referencia cultural para amplios sectores de la Argentina. Nosotros, que formamos parte –desde la periferia- de la historia de Occidente, presumimos que este es un debate que llegará, más tarde o más temprano, a todas las costas. Como sucedió con la primera gran revisión a la institución matrimonial, la del derecho al divorcio, que generó una gran polémica en el siglo XX. Ella implicó reconocer que los esposos no tenían un contrato de por vida. Esta segunda gran revisión, que implica aceptar que la heterosexualidad no es el único sistema de vida, reconoce que la familia “tradicional”, formada por hombre y mujer que se unen para siempre y crían bajo un mismo techo a sus propios hijos biológicos, ya es un fenómeno minoritario. La ley de matrimonio igualitario, finalmente, implica ajustar la norma a la realidad. De hecho, solo es combatida desde posturas idealistas, como la “ley natural” de la que habla el Vaticano. La adscripción de los Kirchner a estas posiciones liberales les ha valido el favor de los sectores que más las valoran, como la comunidad artística que incide en la opinión del ala progre de la clase media urbana. También es verdad que buena parte del oficialismo, que cree en el antagonismo como forma política, agita estos temas para marcar sus diferencias con la Iglesia y los sectores conservadores encubiertos, como hoy ocurre con el matrimonio igualitario. Pero también es cierto que, en declaraciones a la prensa, Kirchner se manifestó a favor del matrimonio de personas del mismo sexo, y aún de la adopción, por lo menos desde el año 2003. Y que su posición no es contradictoria con sus otros posicionamientos socio-liberales. Más bien, la inoculación de la sospecha sobre la autenticidad de su posición es el discurso de los que están en contra de la ley. Los obispos sostienen que “los argentinos tienen otras prioridades” y que “Kirchner lo usa políticamente”. Es una táctica de desacreditación de la que hay que sospechar. Es cierto que hay una coyuntura política, con su trama e intereses, pero ponerla como eje del debate puede ocultar otras razones, como los prejuicios insostenibles.
Publicado en revista El Estadista el 15 de julio de 2010
Realizado para Julio burdman
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